Siempre tuve el propósito, hasta donde mi memoria alcanza, de ser escritor. Pero nunca, hasta hace muy pocos años, se me ocurrió ser un narrador de viajes. Mi primer libro viajero surgió de manera espontánea y por casualidad1.
Siendo un niño de ocho o nueve años, le dije a mi tía Amelia, una hermana de mi padre, que quería ser misionero, marcharme a África y, a la vuelta, hacerme escritor. Ella me dio un capón2 cariñoso y me contestó que me olvidase de la idea, que Dios ya estaba muy bien servido. Entonces pensé que sería explorador en lugar de misionero; pero mi tía volvió a propinarme3 un capón y me informó de que ya no quedaba ningún territorio por explorar en el mundo. Debió de ser en ese momento cuando decidí dedicarme a relatar aventuras imaginarias, copiadas de los libros que leía entonces, tomando la precaución de no decírselo a mi tía, por si acaso trataba de disuadirme a base de capones. Empecé varias novelas sobre piratas y galeones, sobre policías y ladrones4, sobre forajidos5 y sheriffs del Oeste americano, sobre exploradores y tribus salvajes, y sobre cazadores de fieras y buscadores de oro. Cada día comenzaba una novela nueva y al siguiente la abandonaba por otra. No concluí ninguna de ellas.
Por aquellos días los niños viajábamos muy poco y la realidad de nuestro entorno ofrecía escasas emociones. Yo creo que, hasta los once o doce años, no me había alejado de Madrid más allá de ochenta kilómetros. Ni desde luego había visto el mar, ni por supuesto había vivido una verdadera aventura. Para los chavales6 de entonces teníamos otra forma de viajar y apasionarnos con la existencia: la imaginación.
En la acera de enfrente de la casa madrileña donde nací, en el número 20 de la calle Joaquín María López, había una pequeña tienda, junto a una carbonería, que guardaba lo que varios de mis amigos y yo considerábamos los mejores tesoros. Era un comercio estrecho y profundo, sin ventanas al exterior. A la entrada se vendían golosinas7, y el resto de la oferta la constituían los maravillosos tebeos. Muy viejos casi todos, por lo general gastadísimos, a punto de desencuadernarse la mayoría, incluso algunos con una buena parte de sus hojas comidas por las polillas8. (...)
A bordo de los cuadernos de viñetas coloreadas navegué por los Mares del Sur y entré en el corazón de las selvas amazónicas, busqué oro en las minas de Alaska y tesoros en las sierras inaccesibles de los Andes, asalté carruajes al lado de Dick Turpin y acabé con bandas de gánsteres malignos junto a Roberto Alcázar y Pedrín, e incluso recorrí el espacio en la nave de Diego Valor, perseguido por el pérfido Mekong, rey de los marcianos.
1. par hasard
2. une petite tape
3. propinarme = darme
4. voleurs
5. hors-la-loi
6. les gamins
7. des friandises
8. les mites