El niño de ocho años, nacido en la luminosa Roma, tiritaba de frío y lloraba desconsolado abrazado a la almohada. El camastro1 asignado en el dormitorio comunitario estaba junto a una desvencijada ventana que dejaba entrar el frío glacial de Friburgo. Juan Carlos de Borbón deseaba morirse, no tanto por el frío y el trato recibido de los severos curas del colegio Saint-Jean, sino porque estaba convencido de no ser querido por sus progenitores y abandonado en aquel horrible lugar. «No quiero ser rey, solo quiero ser Juanito», le había dicho a su padre, el conde de Barcelona, considerado por los monárquicos españoles el rey Juan III en el exilio. El pequeño, en vano, opuso resistencia a quedarse en el invierno de Suiza mientras el resto de la familia viajó a Portugal, instalándose en Estoril, lugar de clima bonancible en la costa atlántica, donde residían destacados personajes de la realeza y la aristocracia europea, despojados de los privilegios dinásticos durante el vendaval2 de la II Guerra Mundial.
1. un camastro = una cama pobre e incómoda
2. la tempête