Durante mucho tiempo, los retratos de la realeza tuvieron un papel fundamental para el pueblo. Más allá de su belleza estética, tras sus pinceladas ocultaban un complejo entramado simbólico en el que nada se dejaba al azar. La posición de las manos o el lugar dónde se ubicaba la escena eran, en realidad, un reflejo del poder y estatus de la persona inmortalizada. Hoy, estos retratos constituyen una ventana directa al pasado en la que, al asomarnos, somos capaces de comprender la majestuosidad y el esplendor de sus retratados. [...]
La primera vez que Velázquez retrató a Felipe IV este tan solo tenía 20 años. El lienzo, actualmente conservado en el Museo Nacional del Prado, trasciende la mera representación de la fisonomía del joven monarca para crear toda una iconografía de su poder.
El monarca aparece mirando fijamente al espectador, de manera serena. Viste un traje especialmente sobrio, sin ningún tipo de joya o adorno, algo poco común en este tipo de retratos reales. En aquella época estaban de moda las indumentarias más ostentosas, pero Velázquez opta por esta por un motivo sencillo: es el símbolo perfecto de la voluntad austera y reformista que caracterizó los primeros años de reinado de Felipe IV, que quería alejarse de la fama de derrochador de su predecesor. [...]
El monarca aparece próximo a un bufete sobre el que se encuentra un sombrero. Sostiene en una de sus manos un papel, mientras que la otra reposa en la empuñadura de su espada. Estos tres elementos, aparentemente cotidianos, le sirven a Velázquez para inmortalizar las funciones del soberano: la justicia, la administración y la defensa de los reinos; creando así una imagen cargada de simbolismos que se aleja de los retratos reales hasta la fecha y que constituye la cumbre del retrato cortesano en España.