Muchos imaginarán que esta mujer, a sus 78 años, por
muy oceanógrafa especializada en biología marina que sea y
por mucho que en 1984 fuera la primera mujer directora de
una base científica en la Antártida, estará sentada junto a una
mesa camilla, al calor del brasero. Pero no. Cuando la llamo a
su móvil la encuentro conduciendo rumbo al Pirineo. «Estoy
a seis bajo cero –me dice– y frente a mí tengo una cadena
montañosa absolutamente blanca… Ya ves, mantengo mis
aficiones antárticas intactas». No lo dudaba. Sobre todo
porque casi acaba de llegar de la propia Antártida, a donde
regresó de la mano del cineasta Albert Solé dieciocho años
después de abandonarla. «En 2011, Albert vino a verme
para hablar sobre la Antártida. Hablamos todo un año,
hasta que un día me propuso hacer un documental. Me lo
pensé mucho, pero al final accedí […]. Es importante que los
jóvenes se den cuenta de que hacer ciencia e investigación no
implica encerrarse frente al microscopio ni es aburrido, sino
que facilita una vida muy bonita y muy libre de ejecución» […].
Ahora, desde su atalaya de edad1, rememora aquellos días
y responde a mi curiosidad sobre sus descubrimientos en los
hielos: «La Antártida es un laboratorio natural excepcional.
Tiene cuatro mil metros de espesor de hielo. Esto supone
la nieve que ha caído sobre el continente antártico durante
millones de años. En esos hielos de cuatro mil metros, se
encuentra inscrito todo el pasado del planeta Tierra».
1. avec le recul de son âge