Hemos navegado unas cinco millas continente adentro cuando El Colono aminora una vez más la velocidad. Junto a otros pasajeros me asomo a la baranda de estribor para ver qué pasa.
Con algo de suerte es todavía posible presenciar el desplazamiento de alguna ballena o de una formación de delfines australes. Pero esta vez no se trata de cetáceos, sino de una embarcación que, a medida que se acerca, va ganando nitidez.
Es una lancha chilota. Una pequeña embarcación de unos ocho metros de eslora por tres de manga1, que se desplaza impulsada por la brisa que hincha su única vela. La miro acercarse y sé que aquella frágil embarcación es parte de lo que me llamaba desde el sur del mundo.
«El que se atreve, come», dicen los chilotes2. Este que veo pasar, sentado en la popa de su lancha, con el timón de paleta3 firmemente sujeto a sus manos, como si fuera una prolongación de su cuerpo que baja por la amura de popa4 hasta perderse en el agua, es un chilote que se «atrevió» a educar los robles, los alerces, los álamos, los eucaliptos, las tecas5, a los que durante largos años guió en su crecimiento colgándoles piedras de diferentes pesos hasta que los troncos alcanzaran la madurez y las curvaturas requeridas para obtener una arboladura firme y elástica. [...] Ahora navega por el gran fiordo y sé que también lo hace por Corcovado, por el terrible golfo de Penas, por los canales de Messier, del Indio, por el estrecho de Magallanes, por el mar abierto, sin radar, sin radio, sin instrumentos de navegación, sin motor auxiliar, sin nada más, y sin nada menos, que sus conocimientos del mar y de los vientos.
Este vagabundo del mar es mi hermano, y me da la primera bienvenida de la Patagonia.
1. huit mètres de long sur tres de large
2. habitants de Chiloé (île du Chili)
3. pagaie servant de gouvernail
4. le long du bord arrière
5. noms d'arbres