El narrador, Ernesto, recuerda su infancia como interno en un colegio religioso de Abancay (Perú), junto a otros alumnos como Palacios o el «Añuco». En este episodio, su compañero Antero regresa al colegio y les presenta un objeto misterioso: el zumbayllu (palabra quechua).
— ¡Zumbayllu!
En el mes de mayo trajo Antero el primer zumbayllu al Colegio. Los alumnos pequeños lo rodearon.
— ¡Vamos al patio, Antero!
— ¡Al patio, hermanos! ¡Hermanitos!
Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el terraplén1 y subieron al campo de polvo. Iban gritando:
— ¡Zumbayllu, zumbayllu!
Yo los seguí ansiosamente.
¿Qué podía ser el zumbayllu? ¿Qué podía nombrar esta palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos? El humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo de muchachos que fueron a ver el zumbayllu; había dado un gran salto para llegar primero al campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Antero. Una gran dicha, anhelante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles2, en los caminos que unen las chozas3 lejanas y las aldeas4. El propio «Añuco», el engreído5, el arrugado6 y pálido «Añuco», miraba a Antero desde un extremo del grupo; en su cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios tan filudos y tensos7, había una especie de tierna ansiedad. Parecía un ángel nuevo, recién convertido.
Yo recordaba al gran «Tankayllu», al danzarín cubierto de espejos, bailando a grandes saltos en el atrio de la iglesia. Recordaba también el verdadero tankayllu8, el insecto volador que perseguíamos entre los arbustos floridos de abril y mayo. Pensaba en los blancos pinkuyllus que había oído tocar en los pueblos del sur. Los pinkuyllus traían a la memoria la voz de los wak'rapukus9, ¡y de qué modo la voz de los pinkuyllus y wak'rapukus es semejante al extenso mugido con que los toros encelados10 se desafían a través de los montes y los ríos!
Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma como Antero lo encordelaba11. Me dejaron entre los últimos, cerca del «Añuco». Sólo vi que Antero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un canto delgado.
Era aún temprano; las paredes del patio daban mucha sombra; el sol encendía la cal de los muros, por el lado del poniente. El aire de las quebradas12 profundas y el sol cálido no son propicios a la difusión de los sonidos; apagan el canto de las aves, lo absorben; en cambio hay bosques que permiten estar siempre cerca de los pájaros que cantan. En los campos templados o fríos, la voz humana o la de las aves es llevada por el viento a grandes distancias. Sin embargo, bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía tener agudo filo. Todo el aire debía estar henchido13 de esa voz delgada; y toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.
— ¡Zumbayllu, zumbayllu!
Repetí muchas veces el nombre, mientras oía el zumbido del trompo. Era como un coro de grandes tankayllus fijos en un sitio, prisioneros sobre el polvo. Y causaba alegría repetir esta palabra, tan semejante al nombre de los dulces insectos que desaparecían cantando en la luz.
1. le talus
2. el molle: árbol originario de los Andes
3. les huttes
4. la aldea = el pueblo
5. prétentieux
6. ridé
7. aux nerfs si saillants et tendus
8. tankayllu (quechua) = avispa:
guêpe
9. pinkuyllu y wak'rapuku: instrumentos típicos de los Andes
10. en rut
11. la façon dont Antero enroulait la corde autour
12. les gorges ou les vallées
13. henchido = lleno