Dos emigrantes gallegos regresan a su aldea natal con una actitud arrogante. Renegando de su identidad gallega, han adoptado las costumbres y la lengua de otros lugares, en particular el castellano con tintes andaluces.
Con tal atavío, y sin olvidarse de llevar el gran paraguas, se encaminan hacia la iglesia, mientras todos están en la misa mayor, y se colocan a la puerta, en el sitio más escondido que pueden, hasta que la gente sale.
La multitud se agolpa en tumulto, cada cual quiere salir el primero, y aprovechándose entonces ellos de la confusión que reina, [...] enarbolan el gran paraguas, y... al pasar algunas jóvenes que ellos tienen en la niña del ojo, arremetiendo con energía..., ¡pom!, le encajan el regatón con toda fuerza en medio de las costillas1.
La tan brutalmente herida vuélvese entonces contra el agresor, lanzando un agudo grito...; pero ¡oh sorpresa! Cuando ve tan majamente vestido al cadiceño2, en quien no pensaba, olvídase al punto del terrible dolor que el golpe alevoso le produjo, y exclama:
— Nunca Dios me deixara, Antón..., ¿o ti elo? Por pouco me magoas...; pro ¿ti elo?
— Soy el mesmo. ¿Seica m'iñoras? —responde el galán, apurando más que nunca la ce y hablando en la jerga más confusa y risible del mundo—. Icimos la viague en vintidós días, desembracamo en La Cruña nantronte y aquí chegamos tan interos como salimos, e ¿quielo ve?3
[...] Así, el cadiceño manda, reina y pervierte de la manera más peligrosa. Enfatuado e ignorante, todo lo mira en torno suyo por encima del hombro, inspirando a los que le oyen el desprecio a su país y contando maravillas de los que él ha recorrido.
1. ils lui plantent l'embout du parapluie avec force en plein dans les côtes
2. cadiceño = de Cádiz (Andalucía)
3. Antón se expresa en
castrapo, una especie de mezcla de español y gallego.