Pero Gavi ahora no prestaba atención, ni al teatro, ni al trocito de alfombra1 de nuestras lecturas en común. En cambio, en mitad de la habitación y sobre el suelo, aparecía la enorme gramola2 de su madre.
– Vamos a oír música –me dijo–. ¿No me dijiste que te gustaba la música?
– Sí, me gusta mucho y también el ballet, y ¡me gustaría mucho ver bailar a tu mamá…!
Hizo girar la manivela y luego abrió una especie de estuche-álbum, donde había muchos discos negros con un logotipo circular en el centro, donde se veía un gramófono con trompeta, como los de la abuela, y un perro escuchando la voz de su amo. En cuanto sonaron los primeros compases, Gavi levantó los brazos y, siguiendo el compás, el ritmo, la mismísima tormenta3 sugerida, los movía en el aire. No dirigía lo que ya estaba dirigido, lo hacia visible. Todo su cuerpo reproducía los sonidos, la partitura era él mismo.
– ¿La ves...? –me dijo, como si acabara de hacer un gran descubrimiento–. Yo dibujo la música.
Entonces volvió a agacharse sobre la gramola, la paró, quitó el disco y echó encima la tapa, como enterrándolos. Pero dijo:
– Mira... ¡No se ha apagado!
Y era verdad, él seguía moviendo los brazos en el aire, y de pronto la música se veía, se veía tan claramente y con tanta fuerza como si se oyera, pero ya no era Tchaikovski, ahora era él. La música eran sus brazos, sus manos, el mechón de cabello4 que caía sobre su frente, arrojada hacia atrás5 como cada vez que se producía un silencio. O un respiro. Sentada en el suelo, sólo sabía mirar.
1. petit bout de tapis
2. l'énorme gramophone
3. orage
4. la mèche de cheveux
5. rejetée vers l'arrière