En mi duermevela1 matinal, me malhumora una endiablada chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo, desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son los pájaros.
Salgo al huerto y doy gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina2 riza, caprichosa, su canto en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola3 charla en el chaparro4; el chamariz5, ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones6 discuten desaforadamente.
¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa, en el manantial7. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero8 de vida sana y nueva.
Parece que estuviéramos dentro de un gran panal9 de luz, que fuese el interior de una inmensa y, cálida rosa encendida.
1. demi-sommeil
2. l'hirondelle
3. le loriot
4. le chêne des garrigues
5. le serin
6. les moineaux
7. la source
8. dans un bouillonnement
9. un rayon