Muchos años atrás, el Quilotoa era un volcán
muy alto, tan alto que para rodearlo tomaba un día
completo a caballo. Se dice que era un apu1 muy
poderoso, y entre sus faldas corría el dios Toachi, un
río de gran vigor.
Pero Toachi le tenía envidia al Quilotoa y estaba
siempre enojado. Cada vez que el volcán se reflejaba en
sus aguas, Toachi se estremecía en remolinos de celos
y furia. Hasta que un día se enojó tanto que decidió
pelear con el Quilotoa y lo retó, diciéndole que el
perdedor tendría que ceder a los requerimientos del
ganador.
Quilotoa era valiente y orgulloso, y aceptó la
propuesta. En la terrible batalla destruyeron todo lo
que había a su alrededor: árboles, montes, incluso
a los animales y pobladores que vivían al pie de la
montaña. De un fuerte golpe en la cara, el dios
Toachi hundió al volcán, dejándolo como se ve hoy.
Como premio a su victoria, Toachi convirtió
en agua al Quilotoa para que nunca más pudiera
reflejarse en la corriente del río. Y así se formó la
laguna que hoy conocemos.
Pero un corazón envidioso nunca encuentra descanso, y Toachi aún sigue lamentándose porque la laguna es hermosa y única. Los pobladores de la
zona aseguran que el bello Quilotoa no se conforma
con su derrota y ha prometido tomar venganza.
Ese día, la erupción del apacible volcán cubrirá toda
la población de Sigchos.
1. Para las culturas andinas, las montañas son apus
(espíritus guardianes, en lengua quechua).