En Cuchitambo (Ecuador), Doña Lolita, la hija de Don Alfonso de Pereira y Doña Blanca, de 17 años, está embarazada de un cholo1. Están todos en casa, con su mayordomo Policarpio.
La niña chiquita dio a luz2 sin mayores contratiempos. Dos comadronas indias y doña Blanca asistieron en secreto a la parturienta3. El problema del recién nacido se inició cuando a la madre se le secó la leche. Don Alfonso, que a esas alturas era dueño y señor de Guamaní y sus gentes, salvó el inconveniente gritando:
– Que vengan dos o tres longas4 con cría. Robustas, sanas. Tenemos que seleccionar.
El mayordomo cumplió con diligencia y misterio la orden. Y, esa misma tarde, arreando5 a un grupo de indias, llegó al corredor de la casa de la hacienda que daba al patio. Los patrones –esposa y esposo– miraron y remiraron entonces a cada una de las longas. Pero doña Blanca, con repugnancia de irrefrenable mal humor que arrugaba sus labios, fue la encargada de hurgar y manosear tetas y críos de las posibles nodrizas para su nieto.
– Levántate el rebozo6.
– Patronitica…
– Para ver no más.
– Bonitica…
La india requerida, con temor y humildad de quien ha sufrido atropellos traicioneros, alzó una esquina de la bayeta que le cubría. Envuelto en fajas y trapos sucios como una momia egipcia, un niño tierno de párpados hinchados, pálido, triste, pelos negros, olor nauseabundo, movió la cabeza.
– ¿Tienes bastante leche?
– Arí7, niña, su mercé.
– No parece. Enteramente está el chiquito.
– Hay que proceder con mucho cuidado -intervino Pereira.
– Veremos el tuyo -siguió doña Blanca, dirigiéndose a otra de las indias que esperaban.
Después de un examen prolijo de las mujeres y de los niños –lleno de comentarios pesimistas del mayordomo y del patrón–, fue preferida una longa que parecía robusta y limpia.
– ¿Qué te parece? –consultó la esposa, mirando a Pereira.
– Sí. Está mejor. Pero que se bañe en el río. Si alcanza. No es muy tarde. ¡Ah!, y que deje al hijo en la choza8.
– No se puede, patrón -intervino el mayordomo.
– ¿Por qué?
– Solita vive, pes.
– Fácil remedio. Tú te haces cargo del muchacho hasta que la india se desocupe.
– ¿Yo? Ave María. ¿Con quien, pes…?
– ¿No tienes una servicia de la hacienda en tu casa?
– Sí. Así mismo es. ¿Qué diría la gente? Ji… Ji… Ji… El Policarpio apareció no más con guaguas tierno… Como si fuera guarmi9…
La nodriza10, bien bañada –a gusto del patrón– y con una enorme pena oculta y silenciosa por la suerte de su crío, se instaló desde aquella noche al pie de la cuna del «niñito». Desgraciadamente no duró mucho. A las pocas semanas el mayordomo trajo la noticia de la muerte del pequeño.
– La servicia no sabe, pes. Bruta mismo… Yo no tengo la culpa. ¿Qué también le daría? Flaco estaba… Chuno11 como oca al sol… Mamando el aire a toda hora… Con diarrea también… Hecho una lástima…
La india, al oír aquello de su hijo, no pudo pronunciar una sola palabra –todo su cuerpo se había vuelto rígido, estrangulado, inútil–, bajó la cabeza y se arrimó a la pared de la cocina donde se hallaba. Luego, como una autómata hizo las cosas el resto de la tarde ya la noche desapareció de la casa, del valle, del pueblo. Nadie supo después lo que hizo ni adónde fue.
1. un cholo = un mestizo de sangre europea e indígena
2. accoucha
3. la femme en train d'accoucher
4. longa (Ecuador) = indígena (despectivo)
5. en pressant
6. le châle
7. Arí (en quechua) = sí
8. la hutte
9. guarmi (en quechua) = mujer
10. nourrice
11. Chuno (en quechua) = arrugado